La importancia de poner nombre a las cosas es una constante en la literatura y la filosofía desde tiempos inmemoriales. Adán, en el Génesis, nombra a los animales y, con ese gesto, pasa a dominarlos; Salinas lleva para siempre en el pecho a su amada porque posee su nombre; Márquez inicia sus Cien Años de Soledad en un mundo “tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre”...
Y en los pueblos, los vecinos se reconocen porque saben los nombres de los lugares. No los que aparecen en el mapa, sino los de verdad, los de toda la vida, los que pasaron de abuelos a padres, de padres a hijos y de hijos a nietos.
En una época en que Google Maps nos simplifica todos los caminos y lugares, el Ayuntamiento de Santa Elena de Jamuz ha buscado la forma de que los nombres de sus parajes no se pierdan y queden perpetuados en una publicación, tras un exhaustivo trabajo de investigación desarrollado por Teresa Fernández Alegre, al amparo el Planiel de la Junta.
Para iniciar su labor, Teresa recurrió a la fuente más fiable: los vecinos de los tres pueblos. Y, concretamente, los de más edad, “la gente mayor, que son los que realmente saben”, subraya. Recorriendo Santa Elena, Villanueva y Jiménez, pudo ir recopilando los nombres tradicionales de los parajes, tal y como los conoce la gente de toda la vida. Fue un trabajo a conciencia, que Fernández Alegre confiesa que asumió “encantada, porque me gusta hablar con la gente, escucharles; tienen gran interés por contarte cosas y, de esta forma, su conocimiento no se pierde”, continúa.
A partir de ahí –un poco a la inversa de los que estamos acostumbrados en los últimos tiempos–, Teresa comparó esta información con la existente en los planos del Ayuntamiento, tanto anteriores como posteriores a la concentración parcelaria, comprobando interesantes diferencias: había nombres que existían en papel pero no entre los vecinos; otros que conocían todos los habitantes pero no salían en ningún plano, e incluso nombres de parajes de un pueblo que aparecen en otro... “Los nombres de los actuales planos no tenían nada que ver con los de los parajes que han pasado de generación en generación”, explica Fernández Alegre.
A lo largo de su investigación, descubrió algunas cosas muy curiosas... Historias contradictorias cuyo origen de pierde en la noche de los tiempos, como la de una mujer que, según unos, dio un nombre a un paraje –Mata la mujer– porque le cayó un rayo, y según otros, nada que ver; o un convento que para unos existió y para otros no que pudo propiciar el nombre del paraje de Fraile... Por no hablar de caminos y parajes que comparten nombre, como la calle Carropinillas, “que no se sabe si fue antes el nombre del camino o el del paraje”.
Y es que la intención inicial de Teresa era entender el origen de los nombres de los parajes, pero fue una tarea imposible, “porque el nombre se mantuvo pero no se sabe cuándo se puso ni por qué, salvo casos en que por algúna razón se preguntaba al padre o al abuelo”.
Aún así, el estudio recoge algunos ejemplos de parajes con una posible explicación de su denominación, “como algo muy probable, pero a ciencia cierta tampoco se puede afimar”, razón por la que el estudio, como otros elaborados por Fernánez Alegre, está abierto a rectificaciones y nuevas incorporaciones.
Por ahora, el punto de partida para conseguir que este patrimonio intangible tanto o más importante que el material se conserve está hecho, pensado de cara a las generaciones futuras, y ya puede consultarse en este enlace.
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