La paciencia de los vecinos de Alija del Infantado y La Nora del Río ha llegado a su límite. Tras 17 días con la carretera LE-114 cerrada al tráfico por la crecida del río Órbigo, lo que comenzó como una medida de seguridad necesaria se ha convertido, a ojos de los afectados, en un sinsentido. Aseguran que, donde antes hubo una inundación, hoy solo queda “un charco” de apenas dos centímetros.
El cierre no es una cuestión menor. La barrera obliga a los trabajadores que se desplazan diariamente entre La Bañeza y Alija a sumar entre 18 y 36 kilómetros extra a su jornada, dependiendo de si regresan a casa para comer.
Esta situación afecta también de lleno a la logística municipal. El propio Ayuntamiento debe desviar a sus operarios, para ir a La Nora, por una ruta alternativa que cuadruplica la distancia habitual (de 4 a 18 kilómetros), obligándoles a transitar por la carretera de Pozuelo hacia Altobar. Esta misma vía es la que están utilizando la mayor parte de los vecinos para poder desplazarse entre los dos pueblos. ¿El problema? “Es una carretera en condiciones deplorables, llena de socavones, que ahora soporta un tráfico para el que no está preparada”, lamenta una vecina afectada.
El alcalde de Alija, José María Sánchez Córdoba, ha asumido las quejas como propias y asegura realizar llamadas diarias a la Junta de Castilla y León sin obtener una solución clara. “Nos dicen que está cerrado porque hay agua y ya”, señala el regidor, evidenciando su preocupación.
Por su parte, la versión oficial de la Junta se mantiene firme en la prudencia, manifestando que por el momento aún “hay lámina de agua” por lo que “tanto la Guardia Civil como nuestros vigilantes creen que todavía es peligroso abrir esa carretera”.
Este celo por la seguridad ha despertado la indignación de los usuarios, que recuerdan que los alcaldes de Alija, Quintana del Marco y Santa Elena de Jamuz llevan años exigiendo el arreglo de una vía plagada de baches y desperfectos. “Les preocupa ahora por el agua, pero no por los accidentes que provoca el resto del año el abandono total de la carretera”, afirmaba tajante un conductor habitual de la zona.
Por todo esto, a pesar de las advertencias y el riesgo de sanción por parte de la Guardia Civil, la realidad a pie de carretera es distinta. Cada día son más los conductores que deciden saltarse el bloqueo por su cuenta y riesgo. De hecho, la cinta está tirada en el suelo por uno de los carriles. Y es que para muchos, el miedo a la multa es menor que el gasto acumulado en gasóleo y el tiempo perdido.
Sin una fecha de reapertura en el horizonte –la Junta tampoco se atreve a aventurar una–, el malestar sigue subiendo de temperatura en el pueblo, y se suma también a la incomodidad de continuar sin agua potable.
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