Las campanas de Maire de Castroponce no solo avisan de incendios o entierros. Este sábado, su repique anuncia algo distinto: la llegada de la vida. “Aquí seguimos con los toques de campana para todo, funciona mucho... A arrebato, a fuego...”, explican las mujeres mientras preparan la merienda en un local junto a la plaza. Esta vez, el tañido indica que el tractor de Javi asoma ya por el horizonte arrastrando un chopo enorme que promete batir récords.
Cuenta la leyenda –y la fe de los agricultores– que el mayo se pone para asegurar buenas cosechas durante la campaña. Antaño eran los mozos quienes se encargaban de todo, y hoy el “muñeco” en lo alto sigue portando la botella, la hoz para segar y el sombrero. Es un centinela de madera que vigila los campos esperando que la tierra sea generosa. “Nunca se cayó”, afirma Lumi, una de las vecinas, con la rotundidad de quien sabe que las cosas, cuando se hacen entre todos, se hacen bien.
Sin embargo, traer al “gigante” hasta el pueblo no es tarea fácil. Mientras los vecinos esperan en la plaza, los mozos se afanan en la chopera. No es a la primera ni a la segunda, sino a la tercera, cuando el ejemplar elegido ofrece unos imponentes 26,5 metros. Es una barbaridad que moviliza a todo el pueblo en cuanto el tractor entra por las calles, una cifra que, según comentan los mayores, solo supera otro año un ejemplar de 28 metros.
Antes de la gran maniobra, el pueblo vive ese caos organizado propio de las grandes citas. Con el chopo ya en el lugar del levantamiento, comienza el debate. Hay muchas voces y opiniones sobre cómo encarar el tronco: unos dicen que mejor al revés, otros que la posición es la correcta... Cuando por fin se alcanza el consenso y el mayo está en la posición definitiva para ser izado, Carlos aparece con la motosierra para grabar con destreza sobre la corteza el nombre del pueblo y el año: Maire 26.
Lo que hace diferente al mayo de Maire es que aquí no quieren la ayuda de la maquinaria. “En muchos pueblos se hace con una manitou, pero aquí es todo a pulso”, comenta Alfonso, uno de los mayores del lugar que observa la escena con una mezcla de nostalgia y alegría. Recuerda cuando el chopo se traía con parejas de animales y cuando la fiesta corría a cargo de los quintos. Para él, que ve cómo la gente “marchó a la ciudad”, ver el pueblo así es un regalo. “Se recupera la costumbre”, celebra, destacando que antiguamente esta fiesta servía también para “limar asperezas” entre vecinos, olvidando rencillas del invierno para empujar todos en la misma dirección.
Por eso, en Maire el mayo se levanta con puro esfuerzo humano: una maroma gruesa de la que tiran unas 20 personas por lado, mientras otras tantas empujan directamente el tronco desde abajo, coordinados por una dirección única que evita que el gigante venza hacia los lados.
Cuando comienza la maniobra, todos atienden al grito de “¡3, 2, 1!”. Se escuchan palabras de ánimo, órdenes precisas para asegurar la base y el crujir de la madera buscando la verticalidad. A medida que el chopo se separa del suelo y el muñeco con su hoz y su sombrero empieza a dominar el paisaje, los “vivas” brotan de las gargantas. Al quedar finalmente fijado, rompiendo el perfil del pueblo, estallan los aplausos. El alivio y el orgullo se mezclan en las caras de quienes acaban de dejarse el alma levantando casi treinta metros de tradición a fuerza de pulmón y espalda.
A la sombra, observando la escena desde una esquina, se encuentran Amando, el vecino de más edad del pueblo, su mujer Eloisa y una de sus nietas. “Estábamos en casa pero se empeñó en venir a verlo”, dice ella. Mientras, Amando repite una cifra que tiene grabada a fuego: “Es que había 600 habitantes”. Hoy son 140 empadronados. “Hoy no hay nada. No hay gente. Y los pocos que hay, somos todos viejos”, insiste con la amargura de quien ve vaciarse las casas. Eloisa asiente y lamenta que el pueblo esté “acabado”, pero reconoce el bálsamo que supone que, al menos este día, los que viven fuera regresen a casa.
La tarde se despide con la merendola conjunta para reponer las fuerzas perdidas en la maroma. Los niños, que horas antes ya han levantado su propio mayo pequeñito imitando a sus padres y abuelos, corretean entre las mesas. Ellos son la prueba de que el mayo de Maire quedará en lo alto todo el mes, recordándole a quien pase por la carretera que, mientras queden manos dispuestas a tirar de una maroma, este pueblo se negará a ser solo un recuerdo. De Maire, efectivamente, al cielo.
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