La diferencia entre vivir o morir

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Hace unos meses, mientras entrevistaba a una alcaldesa de nuestra zona sobre el drama de la despoblación, le hice la pregunta de rigor: ¿Qué se puede hacer para que la gente vuelva a los pueblos? Su respuesta fue tan directa que se me quedó grabada, aunque entonces quise creer que exageraba: “La diferencia entre vivir en una ciudad o en un pueblo es la diferencia entre la vida y la muerte en caso de un infarto”.

El pasado viernes, en la gasolinera de Alija del Infantado, esa frase dejó de ser un titular para convertirse en una realidad devastadora.

María tenía 48 años. No estamos hablando de una estadística de longevidad, sino de una vida plena que se apagó esperando un recurso que no llegaba. Se nos llena la boca con planes de repoblación, con lo bucólico del entorno rural y la calidad de vida lejos del asfalto. Pero la calidad de vida no sirve de nada si no hay garantía de supervivencia. Lo ocurrido en Alija es la prueba de que el sistema sanitario ha decidido que hay ciudadanos de primera y de segunda según el código postal donde les dé un síncope.

Que tras tres días esperando respuesta de la Consejería de Sanidad, se limite a un “hemos solicitado la información; en cuanto sepamos algo te decimos” resulta hasta insultante. La información ya la tenemos nosotros: una ambulancia medicalizada para toda la comarca de La Bañeza es una condena. Que un vehículo particular tarde 12 minutos en llegar desde Benavente y una UVI móvil emplee una hora no es un simple problema logístico, es abandono institucional.

Pero en medio de la rabia y la impotencia, Alija dio una lección que ninguna administración ha sabido dar: la de un pueblo que, roto por el dolor, supo guardar la distancia necesaria. Mientras María luchaba por su vida, los vecinos no solo ayudaron en la reanimación; supieron crear ese cordón de silencio y respeto, dejando trabajar a quienes intentaban salvarla y, más tarde, a los servicios sanitarios. No hubo morbo, no hubo estorbos. Hubo una comunidad protegiendo a una de las suyas.

Esa es la paradoja de nuestros pueblos: una humanidad y una solidaridad inmensas que se encuentran con la espalda de un sistema que los gestiona como si fueran números en una hoja de Excel.

Hoy, aquella frase de la alcaldesa resuena con una crueldad insoportable. Nos dicen que vengamos a vivir al pueblo, pero se olvidan de decirnos que, si nuestro corazón falla, el sistema ya ha decidido por nosotros que estamos demasiado lejos para ser salvados. María no falleció por vivir en Alija; falleció porque el sistema ha decidido que Alija está lo suficientemente lejos como para que una hora de espera sea una respuesta aceptable. Y eso, sencillamente, es intolerable.

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