Un puente efímero que sostiene una tradición centenaria

Los vecinos de San Esteban de Nogales vuelven a levantar a mano el puente sobre el río Eria para cumplir con la cita anual ante la ermita de San Jorge
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El puente se construyó durante la mañana de ayer, gracias a la colaboración de los vecinos

Hay tradiciones que se celebran. Y hay otras que, además, se construyen literalmente con las manos. En San Esteban de Nogales, cada primavera por estas fechas, los vecinos levantan desde cero un puente de madera sobre el río Eria, sabiendo que el invierno acabará por llevárselo en una de sus crecidad. Y, aun así, año tras año, vuelven a hacerlo.

No es solo una cuestión práctica. Es una cuestión de identidad.

Porque al otro lado del río espera la ermita de San Jorge, patrón del pueblo, un templo del siglo XV que durante buena parte del año queda aislado por la corriente. Solo hay una forma de llegar hasta él: construyendo el puente.

Y eso es exactamente lo que hacen.

La escena se repite cada abril en una hacendera en la que participa todo el pueblo. Jóvenes y mayores trabajan codo con codo en una labor que mezcla esfuerzo, técnica tradicional y memoria colectiva. Primero colocan las “carpontadas”, grandes vigas que sirven de base. Después llegan los troncos —de aliso o humero—, las ramas verdes y, finalmente, el césped que cubre la estructura. Hoy en día, una máquina ayuda a reforzar los extremos con tierra, pero durante siglos todo fue madera, carros y animales.

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Alejandro coloca las ramas sobre los troncos, junto a otros voluntarios

“Se hizo siempre, porque ya mi abuela de pequeña lo conoció”, cuenta Alejandro, uno de los jóvenes que participa desde niño. Entre tarea y tarea, recuerda cómo su abuela le hablaba de aquellos tiempos en los que el puente se levantaba con bueyes y carros, y el vecino que prestaba los animales recibía a cambio algún tipo de compensación que ya se ha perdido en la memoria.

El puente no está pensado para durar. Se deja colocado tras la fiesta y, con el paso de los meses, alguna crecida del Eria termina por arrastrarlo. Pero eso no quita que sea resistente. “La única vez que yo sepa que se cayó una parte fue en el año 85, lo sé porque ese año mi madre era moza de la Virgen”, explica Alejandro. Afortunadamente, no hubo que lamentar incidentes. 

El pasado verano, sin embargo, ocurrió algo inédito: por primera vez en la historia reciente, el puente tuvo que ser retirado manualmente. Aun así, la tradición sigue intacta.

Luis y Carlos, vecinos de mediana edad, llevan décadas participando en la hacendera. Recuerdan un puente más largo, hecho íntegramente de madera y salvando un río con mayor caudal. “Antes era de una orilla a otra, porque había más agua y no había máquinas. Era todo con carros de bueyes y hasta caballos”, explican.

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Hombres de todas las edades ayudan a construir la estructura

 

Las leyendas del monasterio y el Santo

Ese camino conduce a la ermita de San Jorge, y también a un conjunto de leyendas que aún hoy dividen opiniones en el pueblo. Para Carlos, el origen de la ubicación del templo tiene que ver con una disputa con los monjes del monasterio de Santa María de Nogales. Según esta versión, los religiosos, que controlaban los terrenos de San Esteban y Alcubilla, obligaron a construir la ermita al otro lado del río como forma de presión, ya que preferían que los vecinos acudiesen a misa al monasterio.

Luis, sin embargo, sostiene otra historia: la de la imagen de un santo que, cada vez que intentaban trasladarlo al pueblo, aparecía de nuevo en el mismo lugar, lo que acabó por motivar la construcción de la ermita allí.

El alguacil del municipio respalda la primera teoría y añade un matiz clave: la construcción del puente no era solo una necesidad, sino una condición. “Era lo que exigían los monjes. Había que hacer dos puentes de más de veinte zancadas cada año, para la fiesta”, explica. Hoy, el actual tiene cinco, ya que se levanta en una zona más estrecha del río. Además, recuerda otra exigencia de antaño: antes de la procesión, los monjes pasaban revista al estado de las casas del pueblo, y si alguna no estaba en condiciones, la fiesta no se celebraba.

Historias que refuerzan el valor simbólico de una tradición que ha sobrevivido al paso del tiempo.

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La maquinaria ayuda con los troncos iniciales, pero antaño se hacía con carros y bueyes

El puente cobra todo su sentido el día grande de las fiestas, el sábado, que este año cae en 25 de abril, cuando los vecinos cruzarán el Eria una vez más, en procesión hacia la ermita. Encabezando el recorrido irá la reliquia de San Jorge, acompañada por la Virgen del Rosario —portada por las mozas—, la cruz parroquial y el pendón del pueblo. Como manda la costumbre, durante el trayecto se repartirán avellanas.

La jornada continuará con el rezo del rosario en la ermita, folclore tradicional y uno de los momentos más esperados: la representación de San Jorge y el dragón, acompañada de correfuegos. No faltará tampoco la espectacular y única danza del paloteo, protagonizada por mozos y mozas del pueblo.

Pero las fiestas van más allá de un solo día. El programa incluye actividades desde el 23 de abril, con misa en la ermita, juegos infantiles y verbenas, además de vísperas, espectáculos y música hasta bien entrada la madrugada. Una celebración declarada de Interés Provincial que combina lo religioso y lo festivo en un ambiente de encuentro.

Tras la hacendera, el Ayuntamiento ofreció un refrigerio a los participantes, un gesto sencillo que resume el espíritu de esta tradición: comunidad, esfuerzo compartido y orgullo.

Porque en San Esteban de Nogales no solo se celebra a San Jorge. Se construye, año tras año, el camino para llegar hasta él.

 

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