Apenas se está poniendo el sol y en casa, en la carnicería, Irene prepara ya los postres: arroz con leche y leche frita. Enfrente, al otro lado de la plaza, Esther y Pepe se afanan en cocinar patata con costilla como para un regimiento... Y en la calle, el resto dan forma a su mayo.
Es el mayo de la Plaza. Uno de los que adornan este mes Jiménez de Jamuz, un pueblo que ha sabido convertir estas peculiares esculturas en una noche de convivencia vecinal que recuerda a otros tiempos que, tristemente, se han ido perdiendo.
Porque en Jiménez, la última noche de abril que da paso a este esperado mes, todo el mundo está en la calle, cada uno en su barrio, construyendo un mayo reinventado hace ya muchos años, en que el tronco o mástil típico de antaño ha cedido el protagonismo al muñeco sobre una plataforma de madera o metal, evocando algún personaje histórico, entrañable o curioso del pasado del pueblo. Suele acompañarse de una leyenda explicando, en verso, la vida o anécdotas del retratado.
En la plaza, tuvieron clara la temática para este año: había que rendir un homenaje al certamen de teatro Tierra de Comediantes, en su 25 aniversario, dedicando por eso su mayo a Tirso y a sus títeres, “el primer comediante del que se tiene constancia histórica”, nos explica Jose, uno de los que trabajan en el montaje.
Todo vale para adornar al maniquí –“es el mismo todos los años, pero le vamos cambiando la ropa”, explican– siempre y cuando sea reciclado, para que el mayo quede más auténtico. Los versos corrieron a cargo de Alfredo, un ferrolano reconvertido en jiminiego por amor a Raquel, su mujer, quien nos cuenta que esta fiesta “empezó cuando era yo muy pequeña”, y tras unos años un poco de capa caída, ahora vuelve con fuerza.
Porque, aquello que se dice en una ciudad precisamente gallega de que “nadie es forastero”, bien puede aplicarse a Jiménez de Jamuz. Si no, que se lo digan a Esther y Pepe –los anfitriones de la cena–, que vinieron un día a por alfarería, se enamoraron del pueblo, vieron una casa en venta, y no lo dudaron ni un instante: desde entonces es su casa, con horno de pereruela incluido. Rosa también se fue a buscar el amor nada menos que a Andalucía, aunque su marido Miguel es hoy ya más leonés que la cecina. Pero todos, esta noche, son de Jiménez, y orgullosos de serlo. Porque el mayo, en realidad, como nos explica Jose, “es la excusa para juntarse los vecinos y que sea una noche de conviviencia como las de antes”.
Mientras unos deciden la postura de Tirso sobre la plataforma, y si le ponen o no la chaqueta, el olor de la patata con costillas recuerda que ya se aproxima la hora de cenar. Falta el panel con las letras de Tierra de Comediantes, que ultiman Raquel y Alfredo, aunque como hoy está la prensa por partida doble, hay que parar para hacer la foto de grupo junto al mayo. Un ratito después, ya está todo terminado.
Recogen los bártulos entre todos –aquí todo se hace entre todos– y se dirigen a casa de Esther, donde en la larga mesa hacen un hueco en cuestión de minutos a quien haga falta, como a la que escribe estas líneas. Y continua la magia de la convivencia; la magia de ver a vecinos de todas las edades compartiendo mantel, olvidando las penas y hasta los móviles. ¿Quién quiere tecnología ante un buen plato de patata con costilla de la carnicería de Irene, con canciones populares leonesas cantadas a coro por todos? ¡Pura vida!
Ese espíritu de la plaza se repite, como un eco, en cada rincón del pueblo. Si un extraño pasease por las calles de Jiménez a estas horas, encontraría la misma estampa de hermandad en cada barrio: los vecinos cenando y celebrando tras el esfuerzo compartido de montar su mayo.
En Cantarranas, esta vez se lo han dedicado a Lorenzo “el Marucha”, que tenía un almacén de cal, tejas “y hacía lo que un albañil de entonces, que te ponía los dejados y te arreglaba las casas”, explica Tini. El nieto del protagonista, Javi, nos señala la casa en la que vivía su abuelo, y nos cuenta que era muy popular también porque se encargaba de cobrar el agua. El numeroso grupo de vecinos se da prisa en terminarlo porque quieren salir en la foto, incluidas las niñas que, a buen seguro, dentro de unos años guardarán estos recuerdos como un tesoro.
Cae la noche y seguimos el recorrido, pero es complicado encontrar a los autores del resto de los mayos porque están reponiendo fuerzas, aunque los del barrio de la carretera-Los Linares no dudan en bajar corriendo, con Félix a la cabeza, para mostrar orgullosos su mayo dedicado al Via Crucis de Jiménez, que acaba de cumplir medio siglo. “Lo bonito de esto es que hacemos piña y pasamos un buen rato todo el mundo”, señala.
En El Cueto suele haber dos mayos y este año, parece que han coincidido en la temática: el recuerdo de aquellas noches al fresco. Uno está hecho al modo tradicional, con su maniquí y su plataforma, mientras que el de más allá está trabajado a ganchillo, y con unos bocadillos a modo de cómic para escenificar cómo salían los vecinos a la calle, a comer las sopas y a charlar.
Es tarde y acabamos el recorrido –aunque quedan más mayos- en el barrio de la Ermita, que ha hecho un mayo espectacular, dedicado al tasador que tasaba las urces tan necesarias para calentar los hornos donde se cocían los cacharros.
De vuelta a la plaza, encontramos a Angelita, una mujer mayor que, tras fallecer sus amigas, continúa la tradición del mayo ella sola, a sus más de 90 años. En esta ocasión, su entrañable obra evoca la infancia, retratándose a ella misma, niña, en el manzano al que solía acudir. “A mí estos que ponen muebles no me gusta; me gusta lo de toda la vida”, nos dice, sin perder –pese a todo– ni la sonrisa ni la ilusión...
Y, aunque nos vamos, la noche para nuestros anfitriones no termina aquí. Queda el regreso, para endulzarse con un rico chocolate, y nuevos cánticos hasta que el cuerpo aguante. Una jornada inolvidable que ha dejado Jiménez decorado con los mayos para que vecinos y visitantes puedan disfrutar de este arte tan auténtico durante todo el mes.
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