San Antonio Abad: mucho más que una fiesta en Jiménez de Jamuz

La Cofradía, una de las más antiguas de la provincia, celebró los actos en honor al patrón de los animales este sábado
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Los hombres de la Cofradía de San Antonio salen en procesión tras la celebración de la Misa

Jiménez de Jamuz es, sin duda, un pueblo marcado por las tradiciones. Pero, si bien todos conocen el barro o el teatro, hay muchas otras igual de arraigadas, o incluso más, como la celebración de San Antonio Abad, el patrón de los animales.

Su Cofradía, una de las más antiguas probablemente de la provincia de León, mantiene vivo el espíritu de esta fiesta, con toda una serie de costumbres que se repiten año tras año durante décadas, algunas invariables, y otras un poco más contemporáneas.

Sus 45 miembros –número inamovible– así lo hicieron este sábado, con un programa de actos que arrancó de mañana, con la celebración de la  Misa en honor al santo. Al término del oficio religioso, llegó uno de los momentos más esperados: la procesión. Solo los hombres que conforman la Cofradía sacan en andas la imagen del santo y recorren con ella las calles del pueblo. La música y los cohetes acompañan el paso solemne hasta el regreso a la iglesia. Allí, en el atrio, los actos dan paso a uno de los instantes más singulares que regala esta fiesta, cuando los cofrades se disponen en dos grupos para cantar a San Antonio Abad, respondiéndose unos a otros en un juego musical único, cargado de devoción y de cariño.

 

Presidencia rotatoria

Luego, el presidente de la cofradía reparte caramelos entre el público, como los tradicionales ronchitos leoneses, que vuelan en cuestión de minutos. Este año, la presidencia recayó en Miguel Majo, quien nos explica que es un puesto que rota cada año y que, cuando toca, debes encargarte de coordinar todos los actos festivos, aunque el esquema se mantiene prácticamente inalterado desde hace años.

Imagen editada
Fotografía de familia de los Cofrades, en la iglesia

Tras la retirada, los hombres se reúnen para comer. Y desde hace algunos años, las mujeres celebran también una comida paralela, en otro lugar del pueblo, incorporando así una escena más propia de estos tiempos, sin alterar por ello una tradición estrictamente masculina.

Por la tarde llega otro de los rituales que más anima la fiesta: la ruta por los bares del pueblo. Son horas más distendidas, animadas por las charlas, el reencuentro y, cómo no, la inevitable partida de cartas, en la que las parejas se sortean como manda la costumbre. 


Una tradición de 45

El cierre de la jornada se realizó este año en Casa Aniceto, escenario de la cena final con todos los cofrades. Exactamente 45. Ni uno más ni uno menos. Es el máximo permitido, y un límite que ha generado incluso una peculiar liturgia interna: existe lista de espera para entrar, y cuando uno de los cofrades causa baja, el hijo tiene preferencia; si no la ejerce, entonces se recurre a la lista de espera, que es bastante extensa.

La indumentaria tampoco es un detalle menor: los hombres lucen una capa que distingue a los miembros y que, junto a la imagen del santo, se ha convertido en uno de los símbolos más reconocibles de la fiesta.

Porque, más allá de la devoción al santo que vela por las criaturas, esta fiesta es pura tradición en Jiménez de Jamuz, que no tiene nada que envidiar a algunas ciudades del entorno que celebran también el día de San Antonio Abad. 

 

 

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