El 9 de septiembre de 2024, durante un reconocimiento médico rutinario, Mirella Alonso descubrió que su cuerpo ya no funcionaba como antes. Una tensión anormalmente alta la llevó al hospital donde, tras numerosas pruebas, se llegó a un diagnóstico inesperado: nefropatía por IGA, una enfermedad renal autoinmune que le cambió la vida de un día para otro.
“Me encontraba bien, no me dolía nada, y de repente todo cambió. Ese mismo martes me pusieron el catéter de hemodiálisis y a media mañana ya estaba en mi primera sesión. Todo fue rapidísimo”, recuerda.
La diálisis fue un golpe físico y emocional muy duro. Tres días a la semana, cuatro horas cada sesión, restricciones en la dieta y la necesidad de reorganizar su vida. “Te sacan y filtran toda la sangre en cuatro horas; es bastante agresiva. Tenía 24 años, estaba empezando a trabajar y estudiando, y de repente mi vida empezó a girar alrededor de una máquina”, recuerda.
Pero Mirella decidió no rendirse. Poco después de empezar la diálisis, y con el diagnóstico en mano, aceptó una beca como técnico de laboratorio en la Universidad de León. “Al día siguiente de la primera sesión de diálisis les dije a mis padres que quería seguir trabajando. Quería mantener la mente ocupada, no dejar que la enfermedad tomara control absoluto”, cuenta.
Su familia y amigos fueron su sostén. Vive con su abuela materna en León –“que me tiene como a una reina”–, y mantiene un vínculo muy fuerte con su pueblo natal, Audanzas, donde residen sus padres. “He notado el cariño de toda la gente que conoce a mi familia. En los pueblos se empatiza más, pero sobre todo cuando ven que la enfermedad toca a alguien joven como yo”, asegura. Sus amigos se convirtieron en su “segunda familia”, acompañándola y ayudándola a sobrellevar el impacto físico y emocional.
Mirella también habla del fantasma de la culpa, esa sensación que acompaña a quienes enferman: “Siempre te cuestionas si podrías haber hecho algo diferente, si podrías haberte cuidado más. Esa sensación está ahí, pero no tienes la culpa de lo que te toca. Es mala suerte. Mentalmente aprendes a convivir con ello, no pudes martirizarte”, dice.
Tras meses de tratamiento y cambio de hábitos, logró recuperar parcialmente su función renal. Estuvo nueve meses sin diálisis, un tiempo en el que pudo disfrutar de cierta normalidad. “Fue un alivio. Pude llevar una vida más normal, aunque con cuidado. Estaba cansada a veces, pero no dependía de la máquina”, recuerda.
Sin embargo, la recuperación fue temporal. Recientemente, su función renal volvió a descender y tuvo que retomar la diálisis. Para ello fue operada y se le colocó un catéter de diálisis peritoneal en el abdomen. “Fue duro, aunque ya contaba con esa opción porque tampoco tenía una gran capacidad”, relata. Ahora se conecta cada noche a la máquina que le permite vivir. Y así lo cuenta. No lo disfraza. En el horizonte, no obstante, se avista ahora la posibilidad del trasplante. “Para mí sería volver a una vida sin depender de ella. No quiero decir normal, porque no es la palabra, pero sí más libre”, explica.
A pesar de los retos que la vida le ha puesto delante, Mirella mantiene una fortaleza mental admirable, a la que le resta importancia. “Puede que sea fuerte, pero también he tenido mucha suerte con el entorno que tengo, con mi familia y amigos... Gracias a ellos he sido capaz de seguir adelante. Y lo que me ha servido muchísimo es no parar, seguir como si fuese mi vida normal, dentro de las limitaciones que tenía”, asegura.
Su fuerza de voluntad le ayudó también en la carrera hacia el trasplante, cuya meta ya ve más próxima, logrando perder casi 40 kilos en año y pico, a base de modificar su alimentación y empezar a hacer ejercicio, algo que antes no formaba parte de su vida. “Con dieta y ejercicio, empecé a aficionarme al deporte, hasta el punto que se convirtió en mi escape... Son cosas positivas que me llevo de todo esto”, comenta.
Actualmente, está en proceso de entrar en la lista de trasplantes en Valladolid, ya que en León no se realizan operaciones de este tipo. Mientras espera –depende de muchos factores, pero podría ser más de un año– sigue con la diálisis peritoneal nocturna, ajustando su rutina y limitando esfuerzos físicos por el catéter. “Depender de una máquina y de unas bolsas no es fácil, pero trato de mantener mi vida lo más normal posible”, explica.
Más allá de su experiencia personal, Mirella quiere lanzar un mensaje claro sobre la donación de órganos: “Gracias a la donación, la gente puede vivir. Es así de simple y así de grande a la vez. Todo lo que se pueda aprovechar, incluso para la ciencia, es bienvenido. Es un acto que salva vidas”.
Orgullosa de las altas cifras de España en materia de donación de órganos, reflexiona también sobre la conciencia en ciudades y pueblos: “En León hay más talleres e información, pero en los pueblos la gente se implica más emocionalmente. Se nota el cariño y la cercanía. Creo que sería positivo fomentar la cultura de la donación”.
Por esta razón, con 25 años y una vida marcada por la enfermedad, esta joven de Audanzas quiere aprovechar esta fecha para traernos su historia y lograr, así, inspirar a la sociedad a valorar cómo la donación de órganos puede cambiar y salvar vidas. En este Día Nacional del Trasplante, su voz recuerda que cada decisión de donar puede ser la diferencia entre la vida y la muerte para jóvenes como ella. O para decirle adiós, para siempre, a una máquina.
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