Una vida entera tras el mostrador, cuidando la salud de los alixanos

La farmacéutica Mariví Hernández se despide de Alija del Infantado tras 42 años, con motivo de su jubilación
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Marivi jorge
Mariví con Jorge, su sucesor, en la farmacia que regentaba hasta su reciente jubilación

Tras 42 años al frente de la farmacia de Alija del Infantado, Mª Visitación Hernández —Mariví para todos los vecinos— cerró este lunes las últimas maletas antes de dejar definitivamente el pueblo al que llegó siendo una joven recién licenciada y en el que, literalmente, ha pasado toda una vida.

Llegó desde Salamanca en 1983, recién salida de la facultad. Aterrizaba en un pueblo desconocido, lejos de casa, aunque nunca estuvo sola. “Mi padre era viudo y vino conmigo, y así me sentía amparada por él”, recuerda. También encontró apoyo en su predecesor, don Germán, y en toda su familia, que la acogieron desde el primer momento. “Me trataron como a una hija y me ayudaron mucho”, comenta.

Eran otros tiempos. Como ella misma explica, cuando terminabas la carrera “no había prácticas como ahora”, de modo que aquel primer año junto al viejo boticario fue casi un máster acelerado. Aprender la profesión sobre la marcha, conocer a los vecinos, familiarizarse con el ritmo del pueblo... Así empezó una trayectoria que se prolongaría durante más de cuatro décadas.

Cuando echa la vista atrás, la palabra que más se repite es trabajo. “Trabajo, mucho trabajo”, resume. Porque además de atender la farmacia, durante 25 años ejerció como inspectora sanitaria y se encargaba de analizar el agua de siete localidades: Alija, La Nora, Navianos, Altobar, Pozuelo del Páramo, Saludes de Castroponce y San Adrián. A ello se sumaban las revisiones de comercios y bares junto a la veterinaria. “Fueron 25 años trabajando para la administración, hasta que pedí la excedencia”, dice. Y todo ello, sin dejar el mostrador.

Poco después de instalarse en el municipio se casó con Antonio, desde entonces compañero inseparable y también muy querido tanto en Alija como en Benavente, donde ejerció como profesor de instituto hasta su jubilación. Su hija, Mónica, hoy médico en el SUMMA madrileño, creció aquí. “Siempre me he sentido muy querida, y claro que da pena irse, porque 42 años son toda una vida. Aquí nació y estudió mi hija… Son muchos recuerdos”.

Aun así, el regreso a Salamanca empieza a abrirse paso entre la nostalgia. “Aunque hayan sido muchos años, amigas mías en situación similar que también acaban de jubilarse vuelven, así que podremos retomar el contacto”, cuenta con ilusión.

 

Jornadas de sol a sol y fórmulas magistrales

Desde su llegada, el pueblo ha cambiado, y mucho. Mariví recuerda muy bien aquella Alija de los ochenta, con más vecinos y un ritmo distinto. “La gente trabajaba de sol a sol, y el médico, don Antonio, pasaba consulta en casa a muchos pacientes que venían de otros pueblos, e incluso de La Bañeza y Benavente. Yo estaba en la farmacia hasta las diez de la noche, haciendo fórmulas magistrales”, rememora.

Porque, aunque no todos lo sepan, Mariví es formulista. De sus manos han salido pomadas, cápsulas, cremas o soluciones preparadas al detalle según la prescripción médica. “Lo que mandaba el médico”, dice con naturalidad. Con el tiempo, estas preparaciones fueron siendo menos habituales, pero nunca abandonó del todo esa faceta profesional.

También el número de habitantes ha variado. Si bien reconoce que se perdió población, mira al presente con optimismo: “Yo creo que ahora vuelve a haber una recuperación, porque está viniendo gente joven al pueblo”. Además, asegura que su clientela no ha dejado de crecer. Y es que a la farmacia acuden vecinos de localidades cercanas como Coomonte, Genestacio o  Altobar. “Algunos tienen dispensario, pero es importante contar con un lugar como éste con un horario fijo”, explica.

Ahora deja atrás no sólo el negocio, sino también la casa que levantó junto a su marido. En los primeros tiempos habían habilitado un apartamento en la rebotica de la farmacia don Germán, amplia y llena de historia, pero más tarde construyeron su vivienda definitiva.

Las llaves pasan ahora a manos de Jorge Granados, que se trasladará en breve a Alija con su mujer, Bea, y sus dos hijas, Natalia y Paula. A Mariví le resulta inevitable verse reflejada en él: “Me recuerda mucho a mí cuando llegué… con la misma ilusión, con ganas de trabajar”. Y no duda de su preparación: “La carrera de Farmacia no es nada fácil, te forman muy bien, y cada vez es más exigente”.

Se abre así un tiempo nuevo para la farmacia, pero el nombre de Mariví quedará unido para siempre a varias generaciones de vecinos que crecieron cruzando su puerta, formando ya parte de la memoria colectiva de Alija.

Ella, por su parte, se marcha del pueblo al que tanto ha dado y que tanto le ha dado, y al que espera regresar de visita. Y lo hace con gratitud. “Es que la gente aquí siempre me ha tratado muy bien. Yo les quiero mucho. Sólo puedo tener agradecimiento hacia Alija. Aquí nació mi hija, aquí fue al colegio, aquí creció… Y aquí he pasado toda una vida”, concluye.

 

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