ENTREVISTA A SANTI PARRADO, ENFERMERO DE CEBRONES

“De mis pacientes lo he aprendido todo. El contacto con ellos me ha permitido conocer al ser humano”

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Santi Parrado
Santi Parrado, con una de sus pacientes, Julia, en el consultorio médico de Cebrones del Río

En la comarca le conocen como Santi Bedunia, por su arraigada faceta como meteorólogo aficionado. En Cebrones del Río, sin embargo, Santi Parrado es su enfermero, su confidente, casi, casi, su confesor. “Y muy buena persona, no lo sabes bien”, apunta Julia, una de sus pacientes mayores, que luce estupenda a sus más de 90 años. Es su penúltimo día en la consulta en la que ha trabajado 26 años, y se le nota el nudo en la garganta… Él, que iba para meteorólogo, confiesa, a las puertas de su jubilación, que “hubiera sido un friki y me hubiera faltado esa parte social que me ha dado todo en la vida”. Aprovechamos este momento de balance para conversar con él sobre toda una vida dedicada al cuidado de sus vecinos.

 

-Después de veintiséis años atendiendo a los vecinos de Cebrones del Río, ¿cuál es el balance de todo este tiempo, en pocas palabras?

-Te lo digo con una sola: increíble.

 

-La enfermería rural tiene mucho de cercanía y confianza. ¿Cómo ha sido la relación con los pacientes en un pueblo donde todos se conocen?

-De niño, en Villaestrigo, tuve la inmensa suerte de que el médico del pueblo, don Jaime Pagín, era uno de esos médicos de antes tan increíbles, maravillosos y humanos, que conocen la vida íntima de todos los vecinos, que lo conocen absolutamente todo. Yo aprendí de él. Aunque yo, en realidad, no iba a hacer enfermería; mi padre era de los ATS de entonces y yo iba para meteorólogo. Pero la parte social me ganaba. Al ver a mi padre, yo decía que para eso no hacía enfermería, y desde el principio me negué a trabajar en un hospital. Solo he trabajado en Atención Primaria porque no creo en la sanidad hospitalaria tal y como está diseñada; en cambio, en la cercanía, en la humanidad y en ese acompañamiento de Primaria, sí creo. Llegué hace veintiséis años casi de rebote y tenía claro que, por mi carácter, y porque encima conocía a gente de Cebrones al tener familia lejana —de hecho, aquí ya era el nieto del señor Canuto—, ya tenía algo de terreno ganado. Y con los años ha sido increíble.

 

-¿Ha cambiado mucho la forma de trabajar y la sanidad rural desde que empezó hasta hoy?

“En Cebrones el pueblo entero tiene mi teléfono. Es fundamental ese escuchar, conocer, atender... Esa accesibilidad. En los pueblos no deberían hacer falta las citas previas ¿Para qué?

-Lo que ha cambiado es el maldito ordenador. Para que quede registrado y la siguiente persona que venga lo tenga escrito, o para que puedas acceder al hospital, a los análisis y a todo eso, es “magia”, por supuesto. Pero nos fuerzan cada vez más a registrar y a escribir más papeles, y no puede ser que mire más a la pantalla que al paciente. Lo que yo hago es escribir cuando se va el paciente, mientras recibo al siguiente y así se va relajando. Porque no puede ser que estés al ordenador todo el rato; nos faltaría el contacto, la cercanía. Escuchar al paciente es fundamental. Lo de Jaime y esos médicos de antes, que según pasaban por ahí los pacientes ya sabían hasta dónde iban, si a la panadería o de dónde venían… Ese escuchar, conocer y atender lo es todo. Todo el pueblo entero tiene mi teléfono, todos; me llaman cuando haga falta y no abusan. Esa accesibilidad… En los pueblos no deberían hacer falta las citas previas. ¿Para qué? ¿En un pueblo pequeño como este? No puedes exigir eso.

 

-⁠Hoy en día es complicado encontrar enfermeros o médicos que lleven tantos años en los pueblos… Prácticamente nos cambian de profesionales cada dos por tres. Ahora que se jubila y puede mojarse, ¿cuál cree que sería la solución?

    -El problema es que la Administración no tiene ningún interés. Para la Administración es muy fácil contratar a alguien y que no tenga una plaza; los famosos médicos de área, es decir, de toda el área de salud. Gracias a eso, hace con ellos lo que quiere, porque hoy estás en Cebrones, pero mañana te vas para Alija y pasado mañana te mando a Valencia de Don Juan. El propio sistema busca el anonimato; no cree en mantener a la persona. Y además aquí hay un problema grave, y es que La Bañeza y las zonas rurales alejadas somos zona de paso: la mayoría son personas que de jóvenes vienen, consiguen la plaza —eso el que la consigue, porque sigue habiendo un treinta por ciento de interinos—, y en cuanto pueden dicen: “me largo para León”. Eso genera un cambio continuo de personal, y es un problema para mí clarísimo: pierdes toda esa relación maravillosa de confianza para la que necesitas estar años… Y eso solo pasa con los que vivimos en la zona. Además, durante muchos años no hubo concurso de traslados, y eso para la población —aunque para nosotros no— era una ventaja porque estabas en el mismo sitio muchos años. Ahora, como hay concurso de traslados cada año o cada dos años, está todo el mundo moviéndose porque nadie quiere quedarse en La Bañeza.

 

-⁠¿Solución?

“Para la administración es muy fácil contratar a alguien y que no tenga plaza: los famosos médicos de área. Así hace con ellos lo que quiere. No cree en mantener a la persona”

-Primero, intención. Si tú quieres cargarte la sanidad rural y que solo sea un centro de salud… Segundo, atención. Si resulta que desde León no importa que cada dos por tres estén cambiando de profesionales… Y, tercero, que haya medios, con algo de dinero, que tampoco hace falta tanto. Lo más grave, y eso sí que no tiene arreglo, es un problema general. Yo, como doy talleres a los chavales en los institutos, veo lo mismo en educación: hemos dejado de implicarnos como personas, como seres humanos. Es un problema social: la gente joven llega y solo pregunta cuáles son mis derechos, cuánto cobro y a qué hora me voy. En Sanidad pasa igual. Yo creo que es un problema social transversal y que, por desgracia, solo en Sanidad se nota mucho más la pérdida de vocación: si tú vienes por el dinero y no crees en lo que estás haciendo… No me entienden muchos compañeros cuando digo que me ha costado tomar la decisión de jubilarme, y podía haberlo hecho hace dos años. Llevo veintinueve años dando clase de sexualidad: cualquier joven de menos de cuarenta años de esta zona ha pasado por los talleres. Esta parte también es ser una enfermera.

 

-¿Enfermera?

-Sí, yo siempre digo enfermera a los alumnos. ¿Qué es ser una enfermera? Es cuidar al enfermo, es atender al enfermo, pero también, y muy importante, trabajar la prevención. La formación en educación sexual, por ejemplo. Y esa parte se nos olvida. Parece que el practicante o enfermero está para poner inyecciones y para hacer curas. Que también es importante, claro, pero la prevención lo es todo.

 

“¿Qué es ser una enfermera? Es cuidar al enfermo, atenderle, pero también, y muy importante, trabajar la prevención. Y esa parte se nos olvida. La prevención lo es todo”

-⁠Y concretamente en el medio rural, ¿qué cree que aporta una enfermera al día a día de un pueblo?

-Fíjate que algo tan sencillo como la presencia, la escucha, la atención integral… Muchas veces el médico, sobre todo si tiene muchos pacientes, se ve obligado a olvidar aquella frase de Claude Bernard de que “no existen enfermedades, sino enfermos”. El médico cada vez está más condicionado y obligado por el sistema a diagnosticar clínicamente, pero no ve a la persona real. Si no existen enfermedades, sino enfermos, la Atención Primaria es esa otra visión en la que el cuidado y la atención al paciente consisten precisamente en integrar. ¿Cuál es el objetivo de la salud? ¿Curarte? ¡Mucho antes! Prevenir. Curarte también, qué remedio, pero ahí ya llego tarde. Y la prevención en Primaria lo es todo. La Ley General de Sanidad del 84 cambió todos los conceptos. ¿Por qué antes se llamaban ambulatorios? Porque ibas de paso: vas y te curas. Pero hoy es centro de salud; se cambió la palabra aposta. Y ese concepto está mucho más en enfermería porque somos los cuidadores.

 

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El hasta ahora enfermero, con el maletín del Sacyl, en uma mano, y el que le regalaron sus compañeras, en la otra

 

-¿Cómo ha vivido el envejecimiento y la despoblación de los pueblos durante estas casi tres décadas?

-Cuando yo llegué, Cebrones tenía seiscientas setenta cartillas; ahora, veintiséis años después, tiene la mitad. Tiro de las historias clínicas de papel antiguas y resulta que tengo más muertos que vivos. Terrible. Y así en todos los pueblos.

 

-Durante la pandemia, los sanitarios rurales fueron fundamentales. ¿Cómo recuerda aquellos meses en Cebrones del Río?

-Por aquel entonces estaba de médico Luis Ramos —estuvimos quince años juntos— y justo estuve ayer con él en mi despedida, y lo recordábamos: si no hubiera sido yo por él y él por mí… La unión entre los dos fue mágica. A pesar de la dureza, no dejamos de venir a los pueblos. ¡Y qué importantes son las relaciones personales!, los cafés, que la consulta la pases en la calle, en el bar… Nosotros vamos todos los días a tomar el café a Roperuelos con la médica y la enfermera de Valcabado y es un continuo trasiego. Y es lógico.

 

“Con las vacunas soy revisionista, que no es lo mismo que negacionista. Hay un riesgo de que el interés de las farmacéuticas sea comercial. Crítico sí, y mucho, pero de ahí a negar...”

- Y después de haber vivido lo que usted vivió en pandemia, ¿qué opinión tiene de los negacionistas?

-No creyéndome todo lo que el sistema nos engañó, y siendo muy crítico, puedo entender un poco al negacionista al inicio: nos engañaron con esa estupidez del comité de expertos que no existía… Pero claro, encontrarte con el negacionista que niega que existiera un virus, o que niega que las PCR demuestren algo, ya es cuando dices: mira la evidencia científica. Yo con las vacunas soy revisionista, que no es lo mismo: las compañías farmacéuticas nos las meten a calzador y ahora hay un riesgo de que el interés sea comercial y no el beneficio de la salud. Pero hay que recordar que todos estamos aquí gracias a las vacunas. Y que ahora se puede revisar, y que hay algunas con las que yo creo que nos estamos pasando, también. Crítico sí, y mucho, máxime con un interés comercial por detrás, pero de ahí a negar…

 

-Más allá de lo profesional, ¿qué ha aprendido usted de los pacientes como persona?

-Todo. Me emociono… Lo que yo sentí cuando era niño y veía al médico del pueblo. ¿Tú sabes qué maravilloso es, en la confianza absoluta, ser el “confesor” de todos ellos? ¿A quién le cuentan, si no, lo que no cuentan a veces ni a sus hijos? Esa parte humana… Y con los talleres de educación sexual me ha pasado lo mismo. La única pega que le pongo a los pueblos es que no hay niños, que no hay juventud… Y yo he tenido la suerte de tener contacto diario con niños y adolescentes en los talleres; si no, me hubiera muerto de tristeza. El propio contacto me ha permitido comprender al ser humano. He recibido tanto o más de lo que he dado, porque es una comprensión del ser humano gracias a ese contacto. Claro, como eres profesional, aunque te implicas personal y emocionalmente, a la vez pones distancia, y eso me ha permitido aceptar y entender el derecho a la libre elección del paciente, a decidir un tratamiento o no y que no te mire yo mal; el derecho a la dignidad del paciente; aceptar el derecho, incluido en la vida, a morir.

 

- Mañana empieza una nueva etapa. ¿Cómo imagina su jubilación y con qué sensación se marcha?

-En el libro de firmas que me hicieron ayer la palabra que más aparece es “disfrutón”, porque yo siempre he disfrutado de la consulta, de la gente… Lo único que me consuela de irme es que tengo una furgoneta camperizada. Tengo muchos sitios que conocer, viajar. Podré disfrutar de mis nietas… Seguiré disfrutando de la vida, de poner más estaciones meteorológicas, que ya sabes que la meteorología es mi hobby.

 

-⁠¿Y qué es lo que más va a echar de menos?

 -El contacto diario humano con la gente… Sin duda

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